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Educar para una cultura del encuentro

culturaencuentroLa promulgación de la nueva Ley Universitaria ha despertado gran revuelo en la opinión pública, pero no necesariamente por su aporte como instrumento para una necesaria reforma de la formación superior en el Perú. Por momentos, el debate parece perderse en la defensa de determinados intereses y redes de poder, dejando de lado argumentos y propuestas que ayuden a generar mecanismos para la mejora de la calidad de las universidades públicas y privadas.

Por ello, me parece esencial insistir en la discusión de los diversos aspectos de la ley, no para anularla, sino para contribuir a que su implementación dialogue con la complejidad de la realidad universitaria y las necesidades del país.

Uno de los temas que me parece oportuno destacar es la inserción en la ley del concepto de “Responsabilidad Social Universitaria” (RSU), que reemplaza a la tradicional “Proyección Social” que figuraba en la legislación de 1983. Por este nuevo concepto se entiende la gestión ética y eficaz del impacto generado por la universidad en el desarrollo nacional, a través del ejercicio de sus funciones académicas y de investigación (art. 124). Creo que este es un cambio saludable, pero que puede caer en “saco roto” si no existe un enfoque reflexivo detrás del nuevo concepto. Hasta cierto punto, se corre el riesgo de caer en la reproducción de modelos desfasados, pero con amplia vigencia en la cultura nacional, donde las universidades brindan asistencialismo paternalista a comunidades en situación de vulnerabilidad. Esto termina por anular la posibilidad de estos grupos humanos de construirse como ciudadanos en igualdad de condiciones.

En ese sentido, la experiencia de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) puede ser enriquecedora para el debate. En dicha universidad, la RSU es considerada una política universitaria que reconoce la relación universidad-sociedad como un vínculo en el que ambos actores se benefician y colaboran de manera constante y dinámica. El enfoque planteado es de co-laborar, en el sentido de producir un “ida y vuelta” en la relación entre la PUCP y las diversas comunidades e instituciones con las que trabaja. La propuesta es ejecutar proyectos e iniciativas para atender las demandas de diversas poblaciones, pero que simultáneamente generan aprendizajes y nuevos conocimientos que fortalecen las tareas de formación e investigación, propias de un centro de educación superior. Es decir, los proyectos de RSU son experiencias que enriquecen a estudiantes y docentes, cumplen una función pedagógica en el modelo de educación integral de la PUCP, permiten producir y transmitir conocimientos construidos en diálogo con las demandas del Perú, y expresan su identidad católica entendida como preocupación por el encuentro con el otro en sintonía con el Evangelio.

Esta mirada a la RSU dialoga con el llamado del papa Francisco, en su discurso a la clase dirigente brasileña en el marco de su visita a dicho país en 2013, a educar para una “cultura del encuentro” como condición imprescindible para el crecimiento de toda comunidad humana. En ella “todo el mundo tiene algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno a cambio”. Para ello, es imprescindible una actitud de “humildad social” que favorezca el diálogo sincero, donde se reconozca que “el otro siempre tiene algo que darme cuando sabemos acercarnos a él con actitud abierta y disponible, sin prejuicios”. En ese sentido, la universidad puede encarnar estos valores como parte de su formación de calidad, su contribución en investigación y generación de conocimientos con pertinencia social, y su compromiso por la construcción de un país justo e igualitario.

Más allá de caso expuesto, es importante sacar algunas lecciones para el debate mayor. Un enfoque RSU de esta naturaleza construye espacios para reconocer positivamente y aprovechar la diversidad social y cultural del país. Por un lado, es un aporte esencial para construir vínculos de confianza, tan necesarios para sanar las heridas en la manera cómo nos tratamos los peruanos y las peruanas. Al mismo tiempo, es una oportunidad para moldear sensibilidades y consciencias en la comunidad académica y en los futuros profesionales sobre cuán importante es dialogar y escuchar a los grupos humanos con los que se trabaja, de reconocer y potenciar sus saberes y capacidades. Es, en otras palabras, una oportunidad de abandonar los espacios de comodidad de las aulas universitarias y “salir a las periferias” para tender puentes y crear espacios donde todos aprendan y crezcan en humanidad.

Juan Miguel Espinoza Portocarrero, Historiador y profesor de la PUCP

 

Fuente: radioevangelizacion.org

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